Añorada abuela:
Quería hablarte sobre una importante lección que me diste el 19 de Junio de 2005, tu última lección. Aquel día, tras tu larga agonía, me di cuenta de que la vida no es eterna, y que aquello que había visto tanto en películas, que había oído tanto, aquello llamado muerte existía de verdad. Y que lo que tú tantas veces anunciaste y yo nunca creí se estaba haciendo realidad: te estabas muriendo. Así que la muerte existía y la vida no era eterna.
Me hiciste comprender que sólo somos aves de paso en este planeta milenario durante unas pocas décadas, en un periodo exacto. Como decía Graham Greene, “todos llegamos un día como el agua y nos vamos como el viento”. Que nada es nuestro; sólo lo alquilamos durante nuestra estancia en la Tierra como quien alquila un coche durante sus vacaciones. Y que, tras nuestra marcha, sólo queda lo que fuimos, como digo yo, “psicológicamente”. Este ser psicológico constituye nuestro recuerdo y sólo perdura unas décadas más; es como una llama que se va apagando poco a poco hasta extinguirse. Esto es así a excepción de personalidades que contribuyeron en la historia. Pero tú, abuela, aunque seas parte de mi historia no eres parte de la Historia.
Con tu muerte maduré, ya que me supe mortal. Los griegos denominaban a un humano y a un mortal con la misma palabra y es que sólo los humanos son mortales ya que son los únicos que saben que van a morir. Por lo tanto, es la muerte lo que nos humaniza, la certeza de que moriremos. No es mortal quien muere sino quien está seguro de que va a morir, por eso no lo son el resto de los seres vivos, porque no tienen la racionalidad suficiente para darse cuenta de este hecho. Y al verme mortal me vi humana y en cierto modo maduré. Quizá por eso dicen que quien más palos se lleva en la vida más maduro es, más humano. Al vernos mortales comenzamos a pensar sobre la vida, a filosofar. Y el filosofar nos aporta conocimientos, madurez.
Entendí que sólo somos la más compleja materia orgánica y que nuestra personalidad es sólo fruto de ella. Que al morir ibas a servir de banquete a gusanos y otros animales carroñeros hasta que ya no quedara nada de ti y tu cuerpo se convirtiera en su cuerpo. Y que no existe el cielo sino que es una invención de las personas ante la dura realidad de que no existe nada más allá de la muerte, ningún paraíso ningún infierno, sino que es la propia vida lo único que hay y que es tan banal como una estación de paso.¿Cómo se las apañaría la Iglesia para que no cometiéramos “pecados” sin ningún miedo colectivo a la muerte y, por lo tanto, sin ningún paraíso amenazador? Nadie conoce lo que hay detrás de la muerte; nadie nos ha dado su testimonio.
Aprendí que la muerte es inminente y no depende de la edad ni de las enfermedades: la muerte no es justa. Quizá si fuera justa alguien hubiera tenido prioridad ante ti a la hora de perecer, quizá muchas personas. Si fuera justa el mundo estaría lleno de santos. Tampoco depende de la edad, como me di cuenta al ver la sepultura de una niña de dos años el día de tu entierro. Nadie gobierna a la muerte, actúa a su libre albedrío.
Me di cuenta de que es la muerte lo que nos hace a todos los humanos iguales; todos somos mortales, sabemos que vamos a morir, tanto blancos como negros, ricos y pobres, musulmanes y judíos... La muerte es un miedo que compartimos todos al darnos cuenta de que la vida no es eterna sino más bien efímera, y esto ha sido y será verdad a lo largo de la historia. Es algo que han querido explicar siempre todas las religiones.
Mi explicación sería que morimos cuando nuestro cuerpo ya no funciona, cuando hay algo que no va y es tan grave que impide el maravilloso y a veces inexplicable funcionamiento de nuestro organismo provocando que se detenga para siempre. Una carta mal colocada que hace se caiga el castillo de naipes. Algo en tu cuerpo falló, algo que pasó desapercibido a los médicos. Todavía no encuentran la explicación ya que tus últimos análisis estaban mejor que nunca. Tú dirás que te llegó la hora, que Dios lo quiso, otros dirán que fue el destino, que estaba escrito. Pero yo me declino por la ciencia; tu muerte tiene una explicación científica que todavía no han encontrado. Para mí los otros porqués para tu muerte me resultan irracionales cuando no irreales. ¿Y que pasa en el caso de los accidentes? ¿en los suicidios? En esos casos la muerte es en cierto modo evitable.
Mis amigos me consideran escéptica pero yo creo; creo en lo demostrable por la experiencia, en lo racional. Y es así como menos sufro. ¿Por qué no creo en lo demás? Pues porque la vida me ha hecho así, mis experiencias, mis conocimientos acerca de la vida me han llevado a no creer. No me ayudarás desde el cielo porque el cielo no existe. Si consigo que mi vida no se hunda es por méritos propios, no gracias a tus “ayudas celestiales”, y no porque no quisieras ayudarme sino porque no existe lo celestial.
Los siguientes meses pude observar como hablaba tan bien la gente de ti y me pregunté por qué se habla siempre mejor de una persona cuando está muerta que cuando está viva. Es curioso, quizá tengan miedo de los “fantasmas ".
No sufrí con tu muerte porque aprendí rápido la lección, lección que me creé yo a partir de tu experiencia con la muerte ya que no es la misma que la tuya que tenías como fiel católica; yo soy atea, para mí no existe ningún Dios omnipotente. Tengo mi propia religión como cada vez más personas la tienen. Fue fácil entender que fuiste y que ya no eres ni serás más mi abuela, sino recuerdo que se extinguirá a lo largo de generaciones como el fuego que no es alimentado.
Tú fuiste mi abuela en el pasado y a partir de aquel caluroso día ibas a ser simplemente recuerdo. Gracias por mostrarme tu experiencia para poder crearme mi lección, por darme cuenta de lo efímera que es la vida y lo banal que es la existencia.

La muerte como miedo, la muerte como fin, como pregunta. ¿que hay de la muerte como herramienta?. Ya que es una certeza,algo como dices que a todos nos incumbe, ¿por qué no utilizarla? que esa certeza de que moriremos solo sirva para aprovechar al limite cada momento de esa existencia, efímera en cualquier caso, pero de este modo nunca banal.
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